El primer sorbo de mi café siempre está muy caliente. Así que espero. No con la incertidumbre de quien espera cosas que quizás no lleguen sino con la certeza de que las temperaturas finalmente bajarán. Reviso las noticias, el correo, el twitter. Comienzo a escribir sobre el café caliente y luego dejo el cursor titilando. De modo que  la temperatura del café disminuye gradualmente en cada sorbo hasta que se siente demasiado frío en la lengua.

A veces me gusta pensar que los recuerdos funcionan así. Que uno debe dejarlos reposar hasta que se enfríen. Y no te quemen el paladar. O algo así.

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