Todos mis sueños son vagos intentos de contarme las cosas que no noto despierto. Entonces abro los ojos y ella me sonríe como si llevara mucho tiempo observándome. Y yo no me cuestiono nada. No el cómo. No el cuándo. No el dónde. No el porqué. Solo sonrío y me dejo quedar un rato más allí con ella. En ese único instante inexistente. En esa eternidad del subconsciente que -asumo- me dice que de nada sirven el ayer y el mañana.

Pero me dejo llevar de más y solo cuando vuelvo a abrir los ojos es cuando me doy cuenta que afuera de esa pequeña habitación de paredes blancas se extiende un enorme laberinto de espejos multiplicando ansiedades.

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