Un día uno se despierta y se siente diferente, como si la gravedad del mundo de pronto obedeciera otras leyes. Como si se despertara de un sueño pesado que lo impide a uno levantarse correctamente de la cama. Como si las manzanas, al caer, hicieran agujeros en el suelo. Y las ganas del mundo, la disposición, o lo que sea, se hubiese marchitado. Entonces uno se levanta, articulando como un elefante hacia la puerta de la habitación y al mirarse al espejo, ese monstruo multiplicador de bellezas y tristezas, uno no se reconoce. Pero uno decide creerse mirarse, pararse frente al reflejo que imita cada movimiento. Y uno se dice “ese soy yo, aunque no parezca”. Y uno se mira fijamente intentando reconocerse, pero nada. Y uno se frustra. Y cierra y aprieta el puño para partir el espejo. Pero uno teme que al dar el golpe sea uno mismo quien termine en pedazos.

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