—Oye, ¿qué sucede? —Le dije al percatarme de que lloraba.
—No quiero hablar ahora —me dijo—. No es el lugar ni el momento.

Silencio.

—¿Qué le pasó a tu libertad, Carlos? ¿Qué fue lo que te pasó?



Todos nos veían como la pareja perfecta. Nos veían y nos lo decían, que teníamos química y todas esas cosas. Juntos, y luego por separado. Deshilachando todas las costuras visibles. Tumbando nuestras paredes y dejándonos desnudos a la intemperie.

Para aquel momento tú también lo creías y me dijiste de igual manera, durante el crepúsculo de nuestro último atardecer, que seríamos perfectos. Para aquel momento yo sentí que lo creías. Y recuerdo que agradecía la forma en que me mirabas. Aquella forma tan dulce e inexplicable. Exactamente lo opuesto a cómo me ves ahora. Y me sentía el ser más libre sobre la tierra solo por esa mirada. Porque estaba contigo. Porque estabas conmigo. Nada más importaba.

Pero tus lágrimas cayeron antes que lo hiciera la noche. Bajaron tan rápido que lo noté cuando alcanzaban la comisura de tus labios. Me miraste entonces con una tristeza que no entendí y te pregunté qué sucedía. Tu respuesta fue una pregunta que tampoco entendí. Empecé a recordar entonces las veces en que agradecía tu mirada. Exactamente lo opuesto a la manera en que me ves ahora, cuando lo haces.

—Me pasaste tú —fue lo último que dije.

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