16 de Enero de 1942

La abuela nació el 16 de enero de 1942. Mi infancia está llena de recuerdos de ella: De las historias que nos contaba antes de dormir o del dulce de leche que hacía y nos hacía. Era la persona con mejor memoria que conocí. Tuvo 7 hijos, 18 nietos, 8 bisnietos.

Si bien no era muy expresiva de sus sentimientos, me gusta pensar que su forma de expresarlo era en la cocina. Aunque era ama de casa, le habría gustado ser abogada. Bastante fuerte, trabajadora, incansable. Le gustaba hablar, mucho, siempre contar y recontar anécdotas.

Viví con ella en mi infancia y el último tercio de mi vida hasta 2016. Su color favorito era el morado. Y aunque no tenía problemas para hacerlas ella misma, me pedía que le hiciera panquecas porque le gustaban más las mías.
Le diagnosticaron cáncer. Agresivo, ya tarde. Metástasis. Un oncólogo que recibió los resultados sentenció: “Tres meses”. Estábamos en mayo. A todos nos tocó sobrellevar esa sentencia en medio de los meses más dramáticos de 2017.

Sin reactivos para tratamiento, el médico nos recomendó no molestarla, no había mucho que hacer y se sentiría peor. La decisión familiar: no decirle lo que tenía. Al principio no conseguimos las medicinas para el dolor y estábamos tratándola con ibuprofeno.

Decía que no sentía mucho dolor, luego de que se consiguiera el tratamiento adecuado, se rehusaba a tomar más: “Yo aguanto”. En la familia todos lidiaban de manera diferente: trabajando en exceso, distrayéndose en exceso, llorando en exceso, negando en exceso.

Para mí fue una preparación en exceso, aceptar lo inevitable, de todas las cosas que venían a mí llegaba el eco de tres meses. Entonces llegó junio. El paso de los días se sentía irreal, la búsqueda de medicamentos, los mensajes, las llamadas, el país…

Llegó julio. Ese primer domingo me despedí y le dije que la vería en la semana. Al día siguiente llamaron para decir que sus riñones habían dejado de funcionar y supe lo que significaba. Avisé que no iría a la universidad esa semana, no quería recibir ‘la llamada’ durante clases.

La abuela murió la noche del 5 de julio de 2017. Creo que eran las 8:17 cuando me dijeron. Esa mañana la vi mientras las ayudaban a pararse para ir al baño (siempre conservó la fuerza para levantarse al baño). Estuve hasta las 6 de la tarde cuando ya no podía responder ni abrir los ojos.

No lloré. No dije nada, consolé a mi hermana que también se regresó esa tarde. Las protestas me impidieron llegar a su velorio. Al día siguiente fui al cementerio pero no me acerqué. No sé en qué parte está su tumba. Solo la mañana del entierro vino el llanto.

Cuando volvía a la casa, a visitar a mi abuelo, me sentía extraño. La casa se sentía infinitamente vacía. Dejé de ir los primeros meses y luego de medio año la sensación se ha disipado un poco. Tengo una sensación de que podría estar olvidándola. Y me aterra.

Por eso quise salvar su recuerdo: A la abuela le gustaba contar historias. Su color favorito era el morado. Recordaba fechas, cumpleaños, y números de teléfono con facilidad. Aunque siempre olvidaba que no me gusta el jugo de mango. Gladys Margarita se llamaba la abuela que fue también mi madre.

La recuerdo.

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